3 de junio de 2021
Recupero una nota de 9 años atrás, del contexto desesperanzador previo a las elecciones de 2012, llena de escepticismo:
"Nadie o muy pocos tienen tiempo para la actividad política (además del temple o mal gusto).
Entre otras cosas, la democracia representativa sirve para que alguien se ocupe de los asuntos públicos y los demás nos concentremos en otros asuntos. Pero no funciona bien la cosa.
Una democracia 'sensata' requeriría más tiempo y participación, si no de todos, si de una mayor porción de la población. Requeriría, por una parte, tiempo para la formación política (formación crítica y no 'terapia de grupo' para hacer campaña); tiempo para conocer a los diversos actores y cuadros políticos, empezando por los locales. Por otra parte, la democracia necesita prácticas más horizontales en las organizaciones políticas; que los partidos sean sistemas abiertos no por mera cooptación.
Sin embargo, nadie tiene tiempo y el tiempo se encarece. ¿Cuántos 'darán' tiempo sin otra finalidad que la de razonar su voto, o de diagnosticar y promover mejores actores políticos?
Quien 'pierde' su tiempo en esto fácilmente querrá montar la ola. Y no está mal.
Lo malo es que quien entrega tiempo y dinero comienza a olfatear el hueso antidemocrático de la hegemonía (casi indiscernible del 'mérito' o del 'honor').
Lo malo es que el criterio para promover y brindar apoyo político sea el de 'apoyar a quien me incluya y subiendo me jale', o que el criterio para incluir sea la plena subordinación y lealtad. Es muy humano."
Hasta aquí la vieja nota, y continúo unas líneas:
Los partidos políticos son sistemas cerrados cuya único modo de acceso, por vulgar humanidad, es la cooptación.
Quien tiene un espacio adentro de la organización humana no tendrá intención de abrir el espacio sino a los esfuerzos subordinados.
Súmenle la común costumbre de creer que, si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará mejor; y la convicción de que el que llega primero a hacer fila tiene en todo más derecho, o el que puso más (más tiempo, dinero, más gente o “capital político”)… etc.
En ese proceso la política se vacía de crítica e ideas. Es difícil que una auténtica voluntad política se abra camino en medio del pragmatismo de los intereses tribales; pues, como excusa de liderazgo, de la voluntad es necesaria sólo la apariencia.
Las candidaturas son decepcionantes. Pero _______________________ (cada cuál su conclusión).
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P.D. No olvido decir una vez más (y la nota es pretexto) que VOTARÉ por lo que considero un escaso rescoldo de auténtica voluntad política, superviviente a pesadas lajas y lajas de pragmatismo político en su ascenso.
Con su 35% de voluntad auténtica y su 65% de pragmatismo, seguiré votando por ANDRÉS MANUEL… es decir, por los candidatos al congreso que de manera auténtica o por pragmatismo se alineen.
Y, en última instancia, no es por ANDRÉS MANUEL, sino por algunos elementos de su diagnóstico que determinan su proyecto y voluntad políticos, con los que es regularmente consecuente, y con los que coincido.
