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domingo, 4 de julio de 2021

ADOLESCENCIA Y CLASISMO

4 de julio de 2021 


Considero que la acusación que Andrés Manuel hizo al aspiracionismo de la clase media fue una simplificación de un tema complejo. El aspiracionismo es un fenómeno y factor pertinente, quizá relevante, pero no exhaustivo para dar cuenta de toda la disidencia o resistencia a su administración. Pienso que se metió en camisa de once varas. 

Pero el tema no es menor. Sobre todo, si se vuelve reflexión sobre nuestra cultura y sociedad...

En una nota pasada, comentaba que reconozco una gradación de lo humano (gradación de “estatus” antropológico u ontológico o epistémico o de dignidad, etc) subyacente a la gradación de clases sociales, lo que funda el clasismo; gradación que una vez aprendida o interiorizada depara alguna disposición “aspiracionista”, como una de sus posibles respuestas.

En esta nota, agrego otra consideración. Esta ensaya el vínculo entre las diferencias de clase y la de infancia-adultez, o el vínculo entre adolescencia y aspiracionismo. Me explico:

Tal vez no haya una disposición más aspiracionista que la de la adolescencia. 

La introducción o iniciación a la sociedad adulta supone ya cierta toma de conciencia de una estratificación o gradación de dignidades o atributos, gradación que agrava el problema del autoconcepto y la pertenencia social.

Esto sería tema de antropólogos y psicólogos. Pero algo podemos decir todos.

Yo no sé si este aspiracionismo adolescente sea una especie de matriz sobre la que se organicen otros modos o variantes. Pero provisionalmente me gustaría ensayarlo así. 

Imagino que el aspiracionismo adolescente se dispone en un eje "X"  que va de la infancia a la adultez; e imagino que ese eje puede girarse hacia otro eje (“Y”) donde “rico” es adulto y “pobre” es niño.

No es tan complicado identificar “poder adquisitivo” con “autonomía” y “adultez”, y “pobreza” con “dependencia” e “infancia”. 

El consumo viene a ser cierto instrumento de iniciación al mundo adulto (uno entre múltiples posibles). 

Quizá nuestra Cultura de Consumo cultive algún "aspiracionismo adolescente" en preparación de otro "aspiracionismo de clase". Conjeturo.

No quiero llegar a decir que todo consumista será aspiracionista. Pues creo que hay otras maneras de interpretar el sentido profundo de nuestra falta de "llenadera".

En el enorme pastel de los consumistas (¿y cuantos no lo somos?), yo cortaría una cuarta parte; y esa cuarta parte la contaría en tres: una de estas rebanadas (1/12) la atribuiría a los elitistas (aspiracionistas que pueden), las otras dos (1/6) a los aspiracionistas (elitistas que quieren). 

Quizá las porciones son menores, quizá mayores.



EL GOBERNANTE ASALARIADO

2 de julio de 2021


1

Luego de milenios en los que el gobernante fue yugo y látigo para los gobernados, es complaciente tronarle los dedos a ese empleado que traga del dinero de nuestros impuestos. 

El gobernante es un subordinado ("mi empleado asalariado"). Esa consideración, que parece constancia del progreso histórico y social, contrae sin embargo una visión mercantil de lo social y de lo político, donde el político es un ofertante de servicios especializados y la democracia un mercado. 

Temo que esta visión vanguardista está entendiendo poco de política. 

Tengo la impresión de que quien concibe al gobernante como a su empleado vive plenamente en un mundo que es como una torre de departamentos, o como una  S.A. de la que sea socio accionario. 

Si se tiene esta concepción de lo social y lo político, conviene notarla, para de una vez acabar por afirmar que esta contractualidad mercantil es:

1) o (a) la naturaleza profunda de las relaciones sociales, o (b) una alternativa conveniente para racionalizarlas; 

2) o una visión alternativa y parcial que inadecuadamente se extrapola y sustituye toda lógica de lo social, lo ético y lo político (lo que es mi parecer).

2

Se me ocurre desarrollar brevemente dos nociones a este respecto: 1)  la democracia como mercado laboral, y 2) las instituciones como muerte de la política

Ambas las advierto relacionadas pues creo que, PARA COMPRENDER A LA DEMOCRACIA COMO A UN MERCADO LABORAL, ANTES HAY QUE CREER MUERTA A LA POLÍTICA. Me explico:

Hay una tensión entre Política e Instituciones. En un estado final o ideal de las Leyes y las Instituciones, la política parece innecesaria, sólo es necesaria la legalidad y la normatividad. 

En un supuesto así, no parecen necesarios líderes políticos. Tampoco es deseable que los actores políticos destaquen dentro de las instituciones, pues (presumiblemente) la fusión del agente con su función institucional debe encubrir su voluntad y persona. El funcionario, como instancia de la ley y la normatividad, reproduce un comportamiento genérico, reconocible aun como forma tradicional.

Pensemos en Leyes e Instituciones como algoritmos o instrucciones de manejo de un aparato... En un estado acabado de Leyes e Instituciones, sólo parece requerirse “personal competente”, abogados y administradores que sepan leer y ejecutar los algoritmos de los aparatos institucionales. Se requieren funcionarios y no políticos.

Aun así, sería necesario un mínimo “sentido político” en estos funcionarios, al menos una comprensión del “espíritu de la leyes y las instituciones” para laborar en sintonía (el sentido político sería un mero celo jurídico e institucional, muy profesional).

En un estado así, donde las leyes y las instituciones son formalmente inmejorables (y ello se verifica en una sociedad convencida y satisfecha), la batalla política se reduce al terreno de las apelaciones y las auditorías.  

En este orden de ideas, el funcionario y representante político es un mero profesional con las “competencias” del puesto, un empleado.

*

Y así, creyendo que a) la política son las Leyes y las Instituciones, b) el político viene a ser un profesional con las “competencias” del puesto y c) la democracia se convierte en un mercado laboral:

i) Los candidatos ofrecen su currículo, un perfil como un producto; y nosotros los contratamos. 

ii) Si el producto contratado no nos satisfizo, contratamos otro. 

iii) La clase política, como un mercado laboral, compite por darnos más satisfacción. Así mejoran su oferta y nosotros ganamos. 

Hasta aquí el punto, y lo seguido será aparte.

Créditos de la imagen a quien correspondan.


ASPIRACIONISMO, MENTALIDAD E IDEOLOGÍA

24 de junio de 2021 


Sacaré algún provecho de las riesgosas provocaciones de Andrés Manuel a la clase media, para acabar por pensar dos o tres cosas del tema.

1) ASPIRACIONISMO

Creí innecesario decir que aspiracionismo no significa “tener aspiraciones de vivir mejor”, pero parece que muchos recién se forjan el significado del término o lo han usado siempre en sentido distinto del que conozco. 

Aspiracionista, para no ir lejos, es Doña Florinda. 

El énfasis, pues, no es "querer vivir mejor”; sino promoverse a un estatus exclusivo (con un agudo y profundo sentido redentorio). 

El aspiracionismo puede ser la asimilación no sólo de la idiosincracia, valores y gustos de la “clase superior”, sino también de sus intereses e ideología. 

Aunque lo que más destaca en esta asimilación es cierta asunción de la "sub-humanización" o "des-humanización" subyacente a la gradación social, que se expresa en alguna urgencia por deslindarse de clases inferiores y declararse en otra condición o dignidad. Lo destacable es el fondo de clasísmo.

Sólo dos apuntes más: 

   i) Aspiracionismo hay en todos los estratos sociales.

   ii) La noción de aspiracionismo supone adoptar lo que te es impropio o “no te correspondería”. Y eso es muy problemático. Porque ¿cómo y quién juzga lo que corresponde a cada quién, lo que es coherente con tu condición? Y sin embargo lo juzgamos y lo discutimos.

2) LA CLASE MEDIA SUYA DE SÍ

La clase media tendrá sus "propios" intereses, idiosincracia, gustos, narrativa, mentalidad, valores e ideología. Y no necesariamente una, sino que será plural. 

Pero supongo también hay constantes. Por ejemplo, la clase media conserva en su narrativa ideas como la de ser "la protagonista de la historia”, el sujeto de las grandes revoluciones liberales y democráticas; o que la constituyen los que verdaderamente pagan impuestos, o los que se deben no a la caridad ni al privilegio, sino a su propio esfuerzo, etc.

Yo, que no soy clase media, me pregunto ¿Cuál puede ser hoy el proyecto histórico o político de la clase media? No lo pregunto esperando decir “ninguno”; pero de verdad, no lo sé. 

Con todo, me parece sensato que la clase media quiera a) sentirse segura (estable y no amenazada), y b) tener movilidad social (ascendente). 

Y puedo prever que, para tales fines, se debaten entre I) la continuidad o conservadurismo y II) alguna socialdemocracia o reformismo “progresista”. Desconozco la proporción.

3) NO HAY CLASES SOCIALES, TODO ES CUESTIÓN DE MENTALIDAD.  

En las clases media y alta es extendida y aceptada una idea que niega la existencia de las clases sociales como una determinación estructural y responsabilidad pública.

Nos sonará familiar esto: la diferencia social es diferencia de “mentalidad”. Según esta idea, propiamente NO HAY CLASES, TODO ES MENTALIDAD. Si tienes la mentalidad, no hay límites de clase. La clase es un límite que te impones con tu mentalidad. La exclusión es un problema de determinación individual, de autodeterminación, y jamás es social o estructural.

Esta idea facilita la aceptación en toda la escala social de la ideología adecuada a las clases “acomodadas”. 

En mi opinión de gente pobre, esa es una ideología que niega serlo, y que finge desenmascarar desde la objetividad a todos los discursos que “pretexten” determinaciones estructurales, mostrándolos como ideologías facciosas de los que ya eligieron fracasar, excusarse en muros y creer que hay clases. 

*

Y hasta aquí dejo el punto, y lo seguido será aparte.



SOCIEDAD MASIVA Y PROTAGONISMO

19 de junio de 2021

 

Siempre me pregunté porqué la selección de futbol de un país con 100 millones de habitantes no le gana regularmente 10 goles a 1 a la selección de un país con 10 millones de habitantes, si la probabilidad de la aparición de jugadores destacables debe aumentar.

Una respuesta o hipótesis que me hacía era que, en un país 10 veces más pequeño que México, la actividad de un joven futbolista llanero tendría 10 veces más “sentido de trascendencia” (lo que sea que eso signifique) que la actividad de un joven futbolista llanero mexicano: un futbolista llanero promedio en Honduras o el Uruguay toma con más seriedad su actividad que el futbolista llanero promedio mexicano. 

De tal modo, los prodigios deportivos que la probabilidad y el azar aportarían a una sociedad masiva, lo restan con la falta de “seriedad” resultante de la poca probabilidad o lejanía de un horizonte de trascendencia para los miembros de la sociedad. En cambio, en una sociedad menos masiva, aunque las probabilidades de prodigios sean menores, hay un sentido de trascendencia menos diluido animando las voluntades y las inteligencias.

Pondría la ecuación así: (1)  la gloria o la honra pública no crece ni se reduce, pero sus efectos en lo miembros de una comunidad sí se reducen o acrecientan en función de la probabilidad de… protagonismo. 

*

Ahora… la construcción del “protagonismo” debe ser todo un tema, del que sólo apuntaré algunas notas. Aunque quizá prejuzgo y me equivoco, partiría de decir que nadie puede carecer de algún sentido de protagonismo; pues me parece que culturalmente construimos o inventamos muchos modos de experimentarlo o de no perder su experiencia.

También me salta, al pensar en la variedad de modos de experimentar el protagonismo, la pregunta por la manera adecuada de valorar o juzgar esa variedad, que es un problema semejante al debate entre “normal” y “anormal” en psicología. Si el protagonismo es cierto imperativo ético o psicológico que culturalmente tiene múltiples consecuencias y “resoluciones”, no me atrevo a dividirlas abruptamente en validas o inválidas, artificiales y no artificiales, o cualquier otra distinción que sirva de calificación, pero quedo de frente al problema de valorarlas desde qué criterios.  

No puedo no problematizar en más notas que saltan (como la relación entre fama y protagonismo, o entre honra y fama, o entre dignidad y honra, o entre protagonismo e individualismo, o entre protagonismo y comunidad, etc., lo que sea que esas palabras signifiquen); pero no avanzo de momento.

*

Vuelvo al tema del futbol en sociedades masivas para exponer otra hipótesis adicional de porque la cantidad, por probabilidad, no eleva calidad.

La hipótesis adicional es la siguiente: (2)  la improbabilidad es como la escasez. cuanto más improbable sea acceder a un protagonismo social, los espacios de protagonismo se convierten en cotos más controlados o cerrados. 

De manera semejante se comporta el fenómeno del nepotismo: si las oportunidades de bienestar y desarrollo no fuesen tan escasas, menos personas al tener un coto de poder cometerían nepotismo. Pero entre más gente se ahoga y las lanchas escasean, menos escrúpulo hay en proceder por nepotismo o en la construcción de una red de solidario influyentismo. 

De este modo, no importa que tan masiva sea la sociedad. El coto de poder o de protagonismo es un circulo reducido que no necesariamente es un circuito de “calidad” sino que solapa también la “mediocridad” (lo que sea que esto signifique).

Un final apunte o hipótesis: (3) No importa que tan masiva sea una sociedad, lo "focos" de protagonismo público no se multiplican proporcionalmente. 

*

En resumen:

1) La gloria u honra pública no crece ni se reduce, pero sus efectos en lo miembros de una comunidad sí se reducen o acrecientan en función de la probabilidad de protagonismo.

3) No importa que tan masiva sea una sociedad, lo "focos" de protagonismo público no se multiplican proporcionalmente. 

2) La improbabilidad es cierta escasez. Cuanto más improbable sea acceder a un protagonismo social, los espacios de protagonismo se convierten en cotos más controlados o cerrados. 

Fin.



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