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martes, 2 de agosto de 2022

Lenguaje inclusivo

27 de abril de 2022

Hace un rato, como rebote de algo que oí ayer, se me ocurrió fijar (y una manera de fijar) mi postura frente al llamado lenguaje inclusivo. En adelante lo consideraré una variante dialectal; variante especial pues, a diferencia de otras variaciones, es una transformación suscitada por una discusión consciente sobre ciertas implicaciones sociales de las formas y usos de la lengua. Con esto, por una parte, me sacudo parte del peso normativo del dialecto hegemónico: cuando hablo "en inclusivo", asumiré que hablo un dialecto, como dialecto es el hegemónico. Y, por otra parte, respeto los contextos prácticos y sociales en los que la variante dialectal cabe, se usa o exige. Como lengua viva, el castellano va a la deriva. Y ya veremos cuánto terreno ganan las formas del dialecto inclusivo.  Por lo pronto, me basta reconocer no sólo los contextos (cada vez más amplios) donde este se vuelve convencional; sino el valor de la discusión que lo empuja. Fin.


Apunte al margén (1 de 3): Yo advierto que con esta posición abuso de la noción de “dialecto”.

Supongo que una variante dialectal depende de diferencias que pueden ser de vocabulario, sintácticas, morfológicas, etc; diferencias más o menos cuantiosas o más o menos relevantes. Y, honestamente, no creo que los pocos cambios del lenguaje inclusivo “ameriten” que le tome por dialecto.

Sin embargo, sí creo que este planteamiento sirve a un propósito: separar la cuestión meramente formal de la lengua, de la cuestión social.

Y es que, recurrentemente, ciertas valoraciones sociales pueden apoyarse y defenderse desde la premisa de una corrección formal. Y, en lo que respecta a la lengua, conviene separar bien ambos aspectos.

Plantear que dos dialectos pueden decir “lo mismo” pero de “distinta forma”, resultando “equivalentes”; nos deja enteritas y de lado, cribadas, las implicaciones sociales de la lengua para que, ahora sí, nos hagamos responsables de ellas, y las discutamos sin pretextar “correcciones formales”.

En este sentido, debo asumir que la resistencia que yo tenga ante el uso de lenguaje inclusivo (que está en formación) no puede escudarse o pretextar la “corrección formal”, sino que debo asumir que otros motivos, otras implicaciones, otras valoraciones deciden mi grado de resistencia o procuración del lenguaje inclusivo.
(luego le agrego el "2 de 3" al comentario).


Apunte al márgen (2 de 3): Hablar o usar uno u otro dialecto significa socialmente algo. Las diferencias dialectales nos funcionan como marcadores sociales.

Hay dialectos o formas de hablar que ponen al hablante en situación de ser discriminado; pero en el caso del lenguaje inclusivo, en cambio, ocurre que se exige para no discriminar.

Son pues asuntos distintos, pero en los que LAS FORMAS DE LA LENGUA Y LA DISCRIMINACIÓN son elementos comunes. En uno, la forma de hablar toda puede ser un marcador social útil al prejuicio discriminatorio. En otro, ciertas formas dentro del conjunto de la lengua pueden expresar un prejuicio discriminatorio.
El tema del lenguaje inclusivo se mueve en torno al fenómeno del género gramatical, característica del castellano, pero que no está presente en la mayoría de las lenguas.

Este uso convencional del género gramatical es acusado de expresar y reforzar 1) una HEGEMONÍA de lo masculino sobre lo femenino; y 2) de expresar un BINARISMO que no reconoce o excluye otras identidades.
El género gramatical es una característica que atraviesa la lengua castellana, e impone NORMAS DE CONCORDANCIA entre palabras; de modo que el lenguaje inclusivo no se limita a intervenir sólo el vocabulario, como cuando cambiamos el término negativo “invalidez” por el neutro de “capacidad diferente”. No interviene sólo en la selección de un término, sino en un sistema de concordancia que, aunque no parece esencial a las lenguas (es un hecho que es innecesario o excepcional), FINCA UN SENTIDO DE COHERENCIA EN EL DISCURSO. Por ello (y sólo en parte), LA RESISTENCIA ES MAYOR A LA HABIDA HACIA UN MERO CAMBIO DE VOCABULARIO; por ello (supongo), el cambio se percibe violento.

El abanico de alternativas parece ser o 1) anular el género gramatical (lo más radical) o 2) introducir otro u otros géneros o 3) “campechanear” priorizando el femenino o las formas abstractas y neutras. Desde luego, la otra oferta 4) es aprovechar la arbitrariedad del signo y dejar que por su uso las formas masculinas y binarias se usen como ni masculinas ni binarias, como dicen que siempre ha ocurrido (dejar el sistema intacto, en presunción de que su forma y uso no necesariamente refuerzan la hegemonía de lo masculino y lo binario).

Dije que los cambios del lenguaje inclusivo no me parecían tantos como para considerarlo un dialecto. Y, sin embargo, digo ahora que al rebelarse contra un sistema de concordancia que atraviesa la lengua castellana, se percibe como un cambio violento que puede generar más rechazo que un dialecto castellano cuyas formas nos parezcan excéntricas, impropias o “incorrectas”.


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