10 de marzo de 2022
Y no es que estuviera yo en todo; pero sí creo que hace años, 15 o 25, la palabra “narrativa” no era tan trillada en las discusiones y medios públicos mexicanos como en últimos años. Tal vez no me enteraba. Tal vez el internet lo acentuó. O son las hegemonías en crisis. Pero es bueno, y ojalá nos mantegamos pensando y discutiendo narrativas.
Porque alguien dice “narrativa” para referirse a una “versión” con alguna complejidad y consistencia, algún sentido, alguna verosimilitud, alguna ‘racionalidad’.
Esto supone conceder una esfera de sentido y lógica al relato del otro, que no es tanto como atribuir “verdad”, pero que es mejor que dictaminarlo directamente como “falso-ignorante” o como “mentira” (con sus implicaciones éticas).
Dictaminar a alguien como ignorante (al declarar falso su relato) nos autoriza (o 'sentimos' autoridad) para descontarlo y regatearle contemplaciones (oído, dignidad, derechos). Dictaminar que miente o que es irracional, con sus matices, nos conduce a lo semejante.
Un segundo aspecto que recupero y valoro de la noción de “narrativa” es que supone “ser artefacto”, uno con el cuál nos damos ubicación, sentido y postura ante un mundo o circunstancia.
La narrativa es un artefacto cultural cuya función inmediata no es ser ciencia. Es primero una necesidad antropológica o psicológica. Por ello, el “norte”, o el “arriba-abajo” respecto al cuál se articula una narrativa, se verifica en última instancia en un sentimiento. Ahí tiene su aplomo. Las 'razones' y los 'hechos' son meras tramas sostenidas por la urdimbre del sentimiento; y, sin este, difícilmente un hecho tendrá sentido y las razones algún poder.
Este reconocimiento del sentimiento, o de lo subjetivo o situacional, como complemento de la 'lógica' de las narrativas, y hasta como fundamento suyo, me parece ‘mejor’ (¿?) que su mero desconocimiento (de raíz e implicación ética), como a algo irracional o falso-ignorante o mentira-maldad.
Hasta aquí el punto, y lo seguido será aparte.

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