4 de enero de 2026
"Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir."
(Diles que no me maten, Rulfo)
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En “Diles que no me maten” recuerdo expuesta una experiencia límite que considero útil para pensar los antagonismos. Me refiero a ese caso en el que alguien se sabe en la irremediable vía de morir a manos de unos desconocidos y le ocurre, por un momento, abstraerse de la circunstancia para entrever en ellos una voluntad que no tiene por necesidad (y sólo de manera accidental) el atributo de ser su verdugo ("podía hasta imaginar que eran sus amigos, pero no quería hacerlo. No lo eran").
Traigo esos casos o experiencias límite a cuento, porque nos ubican en ese instante detenido donde nos preguntamos cómo nos adentramos y llegamos a ello. Y sabemos que un laberinto de rara materia, que cabe entre un "hombro con hombro", nos cierra ya el paso e impide desandar el antagonismo.
Contrasto esos casos con otros casos, no límite sino escalonados, en los que las vías de la comunidad o confrontación se abren o cierran: esos casos en los que la valoración de un abuso llega a ser un consenso que deslegitima y desarma una práctica, o legitima y habilita otras. Por ejemplo, el caso en que alguien expone una intención, en otro tiempo o circunstancia admisible, pero recibe en coro un “¡no mames!” que le cierra el camino, que inhibe socialmente la opción, porque el consenso ha cambiado.
Desde luego, en ese escalonamiento, el camino de subida y bajada es uno y el mismo, y ocurre también lo contrario: que lo inadmisible se vuelve admisible.
Como sea, cuando uno piensa en ese laberinto intraspasable que determina los antagonismos, podemos pensar en todos los graduales consensos que lentamente pudieron adoptarse para llegar o no a ello, para empujar o no, ya necesariamente, la hoja de uno dentro del pecho del otro.
(corto unos párrafos que espero corregir y regresar. O punto y lo demás será a parte)
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Fragmento del “Diles que no me maten”:
“Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y solo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; solo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.”










