2 de enero 2026
La identidad es una cosa rara por la que la gente puede morir y matar. Y mueve a la fraternidad igual que al sometimiento irreflexivo y a la “deshumanización”. Es navaja de doble filo.
Digo eso abriendo tema para expresar mi opinión (que nadie pide y menos este día) favorable al “nacionalismo”, ese caballo viejo que se estima caduco en muchos terrenos. Pues la idea de un ser humano cosmopolita, universal, cuyo territorio es la vanguardia material y cultural de los tiempos, es atractiva.
Pero creo que el nacionalismo, como fenómeno de identidad y navaja de doble filo, a pesar de sus riesgos y a sabiendas, vale y aún conviene.
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Creo que el nacionalismo vale si, bajo el ramaje de las costumbres, los mitos y el folclore identitario, subyace el tronco de una vocación y proyecto histórico-político (ético, al fin) que concita.
O, mejor dicho, la cualidad y valor de una vocación o proyecto histórico-político daría valor a un nacionalismo. Si no lo hay, el nacionalismo es... anodino. Y si lo hay, pero el proyecto es "ojete", es un nacionalismo ojete. Eso creo.
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Y es que, a pesar del transito global de materias y capital, estamos muy lejos del fin de las fronteras o de la dispersión de un “universalismo” que no sea colonialismo.
Los supremacismos están vivitos y repartiendo coletazos, y los capitales (y con ellos los más devastadores ejercitos) están alineados.
Además, en las viejas naciones desarrolladas (colonialistas), en sus poblaciones y liderazgos, se ha vuelto recurrente la idea de que peligra su identidad y “forma de vida”, sus valores y la mismísima “civilización” (entre otros peligrosos temores).
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Personalmente, creo que sí debemos seguir disputando internamente el consenso de una vocación y proyecto histórico nacional, y que sí debemos cultivar un nacionalismo “nucleado” en torno (sin vergüenza de incurrir en un "anacronismo"), para el difícil tránsito. Porque los tiempos entrantes requieren horizonte.
(foto robada de la red que me costó trabajo rencontrar)

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