30 septiembre 2020
Los buques cañoneros nunca desanclaron en Veracruz. Nuestra democracia no es libre de discutir el ordenamiento de su sociedad, del Estado, si no es en sintonía o subordinación al “orden mundial”.
La soberanía de las naciones es un redil.
Aunque la riqueza, hoy menos que nunca, carece de “patria” (su ciudadanía es un débil y mudadizo contrato fiscal); sigue habiendo Estados que, en nombre de los intereses de sus ciudadanos, con o sin “acuerdos internacionales” en mano, controlan el sistema económico, político y jurídico fuera de sus fronteras.
Los buques cañoneros siguen anclados en Veracruz.
Claro que contravenir el orden mundial tiene un dramático “costo” inmediato, un escenario de ruina. Pero la resistencia a pensar alternativas no radica tanto en el miedo al caos; como en la invisible y arraigada subordinación…
Pensamos que estamos engranados en el “orden mundial” porque es lo racional mismo, el orden natural o más inteligente de las cosas. En adhesión a “la razón”, creemos ser libres. Es como, cuando niños, creíamos que el mundo era racional, bien hecho, bueno, porque lo hacían los adultos.
Contrariar el orden mundial (el sistema económico y jurídico) es impensable, y es pensable.
Acaso no saldremos ya nunca del orden mundial: deberemos modificarlo. No vivirían para verlo. Pero hay que permitirse el pensarlo, y pensarlo en voz alta..
comentario1
Aunque nadie me lo pregunte, apunto que algunos acuerdos internacionales pueden parecerse a los registros de una antigua tienda de raya. Es decir... ¿un convenio o contrato puede restringir o suprimir qué derechos o libertades? ¿Cuáles son los límites de las responsabilidades? Podemos pensarlo de cara a la deuda argentina con el FMI, por ejemplo; pero también de cara a los viejos procesos de estatización (expropiación) de sectores productivos (¡qué escándalo!). Por otra parte, es tan temible la acción militar como la aplicación masiva, mundial, de la ley del hielo (bromeo, pero sí el el peldaño inferior inmediato).
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