20 mayo 2020
Como estudiante de filosofía, nunca fui un pensador político. La filosofía política me pareció siempre un apartado menor, detrás de la ética y más atrás aun de la epistemología y la metafísica. Y al cabo, lo sigo creyendo.
Estimo que la filosofía política no es la filosofía; aunque bien consiento en que la política es uno de los primeros apartados que se atraviesan o merecen ser pensados desde los hábitos críticos ganados en otras consideración más… (no encuentro la palabra irreprochable).
Traigo este cuento porque, queriendo tener un diagnóstico de los malentendidos del pleito político nacional, y de mi posición en este; vine a recordar un ensayo que presenté para la única clase obligatoria de filosofía política del plan curricular, un reflexión libre (sin temor de aparato crítico, pero detenida y honesta) que una finada profesora tuvo a bien solicitarnos.
Como mis preocupaciones de entonces eran éticas, elaboré una consideración en la que me inclinaba a entender al poder político como una consecuencia de cierto despliegue de la empatía y del valor. En suma, consideraba en ese ensayo tres estadios de relación humana: simbiótica, despótica, polémica.
1) Simbiótica.
No sé si cité a Cervantes, o si sólo estaba en mi cabeza aquel discurso a los cabreros: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”.
Este estadio dorado, alegórico, es la simbiosis. En él, nuestros destinos, o nuestra tendencia a la realización de un valor, coinciden sin excluirse. Podemos comulgar. La justicia busca reconstituir este estado mítico, como mustio remiendo... y remedo.
3) Polémica.
El tercer estadio, el polémico, menos saliva requiere para ilustrarlo. El valor está disociado. Nuestros destinos, nuestros caminos de realización de valores, se oponen y excluyen.
2) Despótica.
Pero el que me importa para entender el mundo, según este rudimentario modelo, es ese estadio segundo o intermedio: el despótico. El despotismo se aproxima a la simbiosis, y es el tipo de relación que establecemos padres con hijos. Es esa voz profunda que emerge de nosotros apenas tengamos capacidad de decidir lo que incumbe a otro, lo que sentimos todos apenas tengamos un metro cuadrado de poder: “No te necesito, pero tú a mi sí; en mis manos está hacerte mal, o privarte del bien; pero, como no lo hago, merezco tu lealtad, reconocimiento y subordinación”.
Todos somos unos perdonavidas, apenas podemos. Y es tan arraigado como la paternidad o maternidad misma. Es una cultura tan naturaleza. Y condición natural para la pedagogía y la estructuración social.
En fin… que me interesa, para pensar el momento nacional, un carácter de esa noción de despotismo: el despotismo tiende a eludir el estado polémico confundiendo el bien común (disociado) y fingiendo la simbiósis. Al menos así justifica su arbitrio o arbitrariedad.
Hay una disputa actual, claro, en torno al bien común. Ambos bandos negamos ser polémicos y afirmamos procurar ese destino unificado del bien común.
Yo no estaba pensando esto ayer…
En días anteriores, en los ratos que uno piensa, pensaba sobre un problema que es el único punto de acuerdo entre facciones, para todos evidente, que permanece como fondo de las discusiones, un problema obvio de la democracia. Al grano: que las personas podemos ser ineptas (sea lo que “inepto” signifique); pero que, como mayoría, podemos permitir o validar acciones políticas incorrectas (sea lo que “incorrecto” signifique).
Frente a esta obviedad, como papa caliente, precipitadamente se adoptan al menos dos posiciones, diría que relatos o narrativas contrarias, y que nos identifican como grupo.
Y me acordé de esa noción de "despotismo"...
...porque tendemos a creernos minoría objetiva y racional frente a una masa idiota, y rehuimos hacernos responsables de tan problemática idea, muy ad hoc de nuestra naturaleza despótica.
Y porque no aceptamos (difícilmente) que hemos tomado e impuesto una decisión política abiertamente polémica.
Toda inteligencia de las facciones urdirá la falsa simbiosis y disimulará la polémica. "Deberías estar de acuerdo conmigo (si no fueses idiota) y no sería contrario a tu interés", pensamos, decimos, juzgamos.
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