29 octubre 2018
De cuando en cuando juego la media broma de decir que la educación debe preparar a nuestros hijos no para la paz, sino para resolver la vida en un entorno "a la Mad Max". Lo digo en media broma.
Creo firme, sí, que la llamada educación para la paz no debería apostar por des-pensar la violencia como se prescinde de un apéndice; no debería descontar la violencia como cosa irracional, inmoral o "error metódico", pues nos priva de la ocasión de reconocerla a la base de nuestras valoraciones, ideologías y personificaciones, aflorando. El asunto no se resuelve con inducir la pena de matar a otro con pistolas de juguete.
La violencia estuvo en el principio y estará en el fin de los tiempos (lo digo sin creerme jamás por eso un matón que viene de regreso de todas las batallas). La violencia tiene su lógica y no está aislada de los demás engranes de la conducta.
Las generaciones deberán poder digerirla comprensivamente, para advertirse y ser capaces de comprender y elegir alternativas.
La educación para la Paz, como otras prevenciones pedagógicas, sin confesarlo, suponen la estupidez del discípulo, no sé con cuanto tino. Hay laberintos a los que se prefiere cerrar el acceso, como si no fuésemos la bestia que nació dentro.
Vine a decirlo porque Brasil "volvió al futuro", los desesperanzados no reconocen fronteras políticas, y los tratados antinucleares que se relajan. Salud.
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