5 octubre 2020
Por una lógica elemental, semejante a la del derecho a la legítima defensa, toleramos el desorden y violencia de los reducidos a la impotencia, de los acorralados, sin alternativas para salvaguardar un bien o derecho esencial o sobreponerse a la injusticia.
Comprendemos que hay una ira legítima. La transgresión del orden y la violencia derivadas a veces incluso pueden suscitar nuestra adhesión.
PODEMOS DISCUTIR LA IRA LEGÍTIMA, LA VULNERACIÓN DE CUÁLES BIENES O DERECHOS LA PRETEXTARÍAN, LA EXISTENCIA O INEXISTENCIA DE ALTERNATIVAS DE REACCIÓN, LA INOCENCIA DE LOS ACUSADOS Y AFECTADOS POR LA IRA. Pero creo que la mayoría convendremos en que hay ira legitima y alguna tolerancia y hasta solidaridad con los arrebatos.
Esta consternación, ira y violencia es materia política.
Las convenciones sobre lo que es un derecho y sobre lo intolerable van moviéndose juntas. Y las instituciones adquieren el carácter de válvulas de escape, alternativas ante la reacción de la impotencia e ira.
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Personalmente, creo que la única manera de sostener un estado de no-violencia no es des-pensando la violencia; sino advirtiendo su presencia, su lógica, como sustrato de nuestras costumbres y sociedad, de nuestras instituciones, de nuestras conductas y valoraciones, del orden y estado de las cosas.
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Las manifestaciones públicas de protesta son cosa ritualizada, habitual, pero de sentido opaco. Generalmente se comprenden como ejercicios de expresión, de “libertad de expresión”. Pero las marchas y mítines no sólo comunican un mensaje.
Las concentraciones públicas de protesta, además de expresar unanimidad; expresan consternación o ira; y colindan en el imaginario público con un fenómeno político importante: EL MOTÍN.
En la historia de las sociedades, hay miles de manifestaciones, y sólo un puñado de motines; pero, aunque escasos, su imagen (casi mítica) imanta a las concentraciones públicas, les confiere un aura y peso político.
Algunas revoluciones y contrarevoluciones suelen comenzar o auspiciarse por un motín, y cada motín suele comenzar con una manifestación o congregación pública.
Llegando al grado de “motín”, la violencia deja de ser “vandalaje” y adquiere valor político e histórico.
En mi opinión, el fenómeno del motín se “conmemora” o representa en cada congregación de protesta; y forma parte de su mensaje.
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Hay un merequetengue para descalificar grupos o salvar reivindicaciones de la atribución del uso de la violencia.
La tesis de fondo, me parece, es que una persona que ejerce violencia no puede sustentar una reivindicación valida; lo que implica introducir, por estipulación, una incompatibilidad artificial entre la concentración pública y el motín.
En el discurso imperante, toda la violencia ha de venir o de infiltrados y provocadores. o de una “minoría radical” despojada de todo vínculo con las reivindicaciones válidas.
En este país nomás no se puede ser violento y tener reivindicaciones.
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La violencia por parte de grupos de manifestantes (agresión a los cuerpos de seguridad del Estado y daños a la propiedad pública y privada) “juega” a construir la ilusión del motín.
Y uno podrá decir que las capuchas son el indicio de que no están dispuestos a romper con el orden que fingen abolir, y que se saben minoría afuera de la unanimidad, y que se refugian en la mayoría, y que agreden y luego se victimizan, y que construyen la imagen del motín y del revolucionario amotinado por autocomplacencia narcisista, como a veces me parece, y etc. Y tal vez. Pero debemos ser más cautelosos en el análisis de esta violencia.
Procuraré articular lo que se me ocurre a este respecto, otro día...
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