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sábado, 20 de febrero de 2021

DEMOCRACIA Y GUERRA

 21 mayo 2020 

Aceptar que nuestra posición política es abiertamente polémica significa que entendemos que el otro no puede y acaso no podrá estar de acuerdo conmigo. Y viceversa.

Este reconocimiento evita partir del principio de que el adversario es tonto o malvado. Partimos de que es otro, y de que su circunstancia, su historia, su proyecto o espectativa puede no coindidir y puede oponerse a lo mio, y “razonablemente”.

¿A qué conduce este reconocimiento?

En parte, a aceptar que no podemos hablar, legítimamente, por todos.

En la misma dirección, un poco más allá (y me parece más importante), nos invita a  repensar el valor y función de la democracia, a desmitificarla y superar los malentendidos derivados de su común hipocresía... permitiendo arribar a discusiones  más “auténticas”, más “conducentes”, menos estériles.

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Partamos del reconocimiento de que la democracia puede perjudicarnos y puede no servirnos.

Ante un caso así, el movimiento “natural” es 1) convencer a la mayoría de su error o de su injusticia, 2) si no podemos convencer a la mayoría, nos basta manipularla, 3) si no podemos manipularla podemos invalidar su voluntad y blindar la democracia (corromperla, cooptarla); 4) si no podemos blindar la democracia, entonces la rompemos.

Cuando la democracia nos perjudica, fácilmente seguiremos esa ruta y difícilmente pensaremos que 0) “puede que sea justo”.

La democracia tiene que servir; tan es así que, al transgredirla, fingimos “ponerla a salvo” sólo porque su apariencia “nos sirve” para estabilizar (validar) nuestra hegemonía. La apariencia democrática aleja la frontera de la guerra, la validez de su opción, la guerra que está de fondo...

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Sólo de frente a la guerra, sólo pensando en la guerra, el “frustrado” tolera los extremos perjuicios de la democracia u otro orden civil; sólo pensando en la guerra, el “agraciado” concede tanto como los frustrados requieran para preferir la paz.

La guerra, ese todo o nada, está en el fondo, inextinta. La democracia es un ideal alto; la guerra es la verdad profunda (lo diré guiado por un “gusto” cursi, casi musical).

La democracia es el instrumento de paz mejor elaborado que tenemos (mejor que la abierta y tenaz subyugación armada): sólo porque es, al mismo tiempo, el más sofisticado aparato de dominación y la vía más estable de emancipación. La guerra sigue adentro, difícilmente reconocible como la gema dentro del caleidoscopio.

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¿Y de qué sirve pensarlo?

No quiero decir, no quiero concluir que las armas (la sangre y el temor) deberían estar sobre la mesa, para la mejor inteligencia de la democracia.

Lo que importa decir o concluir es que la democracia es respetable o soportable por la concreción de una mínima base de acuerdos sin los cuales la democracia “deja de valernos” (si no es para fingirla, blindarla y desarmar a la oposición).

¿Cuál es esa base mínima de acuerdos? Ese es el debate. Esta base de acuerdos es “flotante”.

Las “conquistas” de un sector de otro tiempo pueden serle ya insuficientes, o pueden ser amenazadas. Algo tolerado hoy puede no serlo mañana, y algo intolerable hoy podrá ser tolerable mañana...

Esta base mínima, y no la estupidez o maldad ajena, es lo que se debe discutir. Eso sirve y es mejor.

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Un acuerdo básico es la esperanza o posibilidad de arribar al poder, o la factibilidad del “des-blindamiento” de  la democracia.

(Pausa, luego termino y corrijo…. )


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