2 junio 2020
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Al fin de los preámbulos...
He comentado anteriormente sobre el problema de la figuración o ideación de una “masa idiota” por parte de las facciones políticas adversarias.
Hay un fondo o razón para creer que hay un conjunto, más o menos amplio, de personas menos aptas para juzgar los asuntos públicos. Pero es el caso que “el conjunto de los idiotas” cambia según la persona que lo concibe. Y es el caso que nadie se considerará a sí mismo dentro de uno.
Hay varias consideraciones que hacer a este respecto. Pero me interesa aquí colocar una rudimentaria tesis o afirmación:
Debilitaremos el recurso de la figuración de la "masa idiota" si construimos una mejor inteligencia pública, es decir, si establecemos "mejores" tópicos, a partir de los cuales... las posiciones en que se sientan representados los adversarios alcancen a explicarse en términos que puedan ser advertidas por los adversarios como validas o inteligentes, por virtud de esa topología compartida.
Esta guerra de invalidaciones, acusa la ausencia de una “topología” funcional (es redundante decir “común”).
En cualquier democracia, es imprescindible ubicar y establecer ese protocolo de tópicos que permita la inteligencia de las posiciones irreconciliables (que permitirá la negociación sin apresurarse a la invalidación).
Desde luego, el problema es grande. Pues con el asentamiento de los tópicos cualquiera ve la ocasión de ganar el terreno (como una consecuencia o conclusión de los tópicos). Ya que… ¿qué distinguiría tales tópicos de la ideología?.
Por eso creo que las tristes aporías de nuestra convivencia deberían ser componente central de la topología que sustente toda inteligencia pública.
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Preámbulo segundo...
Vuelvo a la Retórica. A diferencia de un planteamiento científico, un planteamiento retórico se consuela con que las premisas de los argumentos sean “aceptables” por la comunidad receptora del discurso.
Las “premisas aceptables” pueden decirse “prejuicios”, “opiniones” o también “tópicos”. Un tópico es la tierra firme del entendimiento público. A partir de ahí cualquier orador se conecta con su auditorio, a partir de ahí es acompañado y puede conducir la opinión.
Todos partimos de tópicos o prejuicios. Pero pueden cambiar dos cosas:
a) Cambian los prejuicios sobre los que partimos y sobre los que nos disponemos a juzgar y comprender lo subsecuente.
b) Cambia la disposición o hábito de advertir y revisar nuestros prejuicios, que puede volverse experiencia transformadora.
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No encuentro como introducir de manera ágil una importante advertencia... de modo que sólo la suelto:
Un planteamiento retórico y uno científico se comportan distinto respecto al componente de actitudes y valoraciones de nuestros prejuicios. Un planteamiento retórico contempla, parte y se dirige mediante y a través de las valoraciones y actitudes del auditorio, y pretende arribar a un orden de ideas (opinión) también vinculado a valoraciones y actitudes comunes.
Un planteamiento científico, por su parte, no bien sabe qué hacer con este ámbito de valores y actitudes. Lo usa, lo señala, trata de tomar distancia, lo investiga, lo vuelve a usar, etc.
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Preámbulo primero...
Hay afirmaciones que se ofrecen como “sustento” de otras afirmaciones. A las primeras les llamamos premisas, a las segundas conclusiones. Juntas son un argumento.
Al analizar las afirmaciones y la manera de relacionarse dentro de los argumentos, se advirtieron (Aristóteles) ciertas “formas” argumentales. Y entre esas formas, se ubicaron unas formas falibles (persuasivas pero falases) y otras formas infalibles (por virtud de un principio tan poderoso como ocioso: la identidad).
Distinguimos la validez-invalidez de los argumentos de la verdad-falsedad de nuestras afirmaciones: un argumento es valido si su forma es tal que, si las premisas fuesen verdaderas, es imposible que las conclusiones no fuesen también verdaderas.
Esta lógica (de las formas argumentales válidas) no sirve de manera inmediata para “descubrir" sino para “demostrar” o sustentar.
Las conclusiones de estos argumentos suelen ser más o menos irrelevantes porque la fuerza o validez demostrativa de los argumentos depende de que las afirmaciones que son conclusiones sean ya supuestas en en el conjunto de las afirmaciones que son premisas. De modo que los argumentos válidos vuelven expresa esta suposición (identidad).
Sin embargo, la expresión de los argumentos, el sometimiento de nuestras nociones vagas en estos patrones, nos permite al menos dos importantísimas cosas:
1) Hacer enmiendas o precisiones. Ubicar aquellas expresiones o premisas cuyas consecuencias permiten concluir lo que no queremos o que nos resulta contradictorio con otras premisas que asumimos.
2) Advertir lo que falta, la inexhaustividad. Nos permite advertir lo que no alcanza a derivarse o explicarse por lo que llevamos dicho.
En efecto... al construir un texto, generalmente no enunciamos este tipo de argumentos. Más bien, como un hábito, como un azaroso y recurrente echar la vista a través de nuestras nociones vagas; esta “lógica” nos sugiere correcciones que parcialmente dirigen nuestro discurso, identificando los “ruidos” y “porosidades” de aquello que estamos dispuestos a decir, revelando nuevos caminos.
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