22 noviembre 2019
Las facciones apelamos a la democracia y la institucionalidad como valores absolutos, supremos, para deslegitimar o legitimar usos y abusos por igual.
Me parece que esta noción tan difundida, que coloca a democracia e institucionalidad como valores absolutos, resulta perjudicial para la democracia y la institucionalidad mismas.
La democracia no es un valor absoluto, sino relativo: es un tablero de juego aun sin fichas y al que le faltan reglas para completar su jugabilidad. El criterio aritmético es insuficiente.
Es aritméticamente democrático, por ejemplo, que un 60% mayoritario esclavice al 40% minoritario, siempre y cuando a esa minoría no se le restrinja su derecho al voto periódico para expresar que no está de acuerdo.
Las democracias no funcionan así... y de eso estoy hablando. La democracia es un valor relativo. Su función-valor depende de reglas complementarias, del establecimiento de un núcleo de convenciones históricas, en transformación, sobre lo justo, lo digno, las identidades, lo conveniente, lo posible, lo prioritario, lo técnicamente correcto, etc., que permiten que la democracia aritmética sea un juego jugable.
Y es que (dejando de lado el dogma democrático) “no hay razón” para aceptar la imposición de una mayoría, ninguna razón distinta de la razón de la fuerza. Por ello hay extremismos, guerrillas de minorías, separatismos o élites fascistas.
Abandono esta nota, dando un salto para acabar por decir que sólo seremos auténticamente demócratas mientras nuestro interés sea un interés auténticamente solidario. Pero jugaremos dentro de la democracia mientras lo finjamos.
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