19 noviembre 2018
Aprovecho la inercia de la conversación que tuve con un amigo en su muro, para nutrir un comentario en este.
Quiero alegar a favor de la demagogia; decir que LA DEMAGOGIA ES NECESARIA, PERO QUE HAY BUENA Y MALA DEMAGOGIA (que alguna mala demagogia puede ser "menos mala" y necesaria; y que hay momentos peores y mejores en los buenos demagogos).
Parto de decir que la demagogia es llana conducción de la población; y que, como persuasión, no es en origen contraria a la educación o a la argumentación e investigación estrictas. La conducción, la moción al acompañamiento, el convencimiento, en origen no precisa ser tramposo.
Si suponemos que el político gobernante es sólo un representante de los criterios que los electores ya suponen, la función demagógica no tendría cabida. El gobernante sería un ejecutor, y su comunicación sería meramente rendidora de cuentas.
Sin embargo, si (contrario al decir del presidente electo) la población no es sabia, entonces el demagogo tiene gran cabida. El demagogo debe persuadir y promover criterios, debe educar, estar en campaña.
Demagogia, en sentido secundario, es persuasión inescrupulosa y tendenciosa: la persuasión que antepone una tendencia (un fin) y que omite las consideraciones o escrúpulos que obstan la tendencia.
Todos, al calor de una discusión (y aún en convivencia cotidiana) somos como demagogos convenciendo al espejo: tendenciosos e inescrupulosos.
Esta puede decirse “mala demagogia”. Sin embargo, debo declarar mi pesar y convicción de que incluso esta mala demagogia viene a ser necesaria para la mejor conducción política.
DIRÍA ENTONCES QUE HAY UN "USO MALO" DE LA MALA DEMAGOGIA, Y UN "USO MENOS MALO" DE LA MALA DEMAGOGIA.
La mala demagogia de uso menos malo, pienso, sería aquella cuya tendencia o finalidad es “mejor” (y esto no dice gran cosa); y cuyo método o medio de persuasión es inescrupuloso sólo en el sentido de ser reticente (si esta reticencia es instrumento para contener la desconfianza que provocaría la desbandada).
Me anticipo, ya de una vez, a decir que en la demagogia de Andrés Manuel López Obrador reconozco o percibo demagogia de las tres: buena, mala menos mala y mala mala. Percibo mayormente una dosis equilibrada de la primera y la segunda, y dosis menores de la tercera, que adjudico a la limitación o torpeza (pejezombie al fin).
Ahora bien, el uso de la mala demagogia para la mejor conducción política no sólo se deriva de la diversidad cultural e intelectual del auditorio. La falta de escrúpulos argumentales también se deriva de la naturaleza misma de los temas o la realidad humana: Las posiciones políticas deben decidir criterios frente a cuestiones que son (muchas de ellas) crisis irresolubles, crisis agónicas (costales rotos), ante las cuales no hay solución ni fácil ni suficiente ni libre de controversia. Toda posición es solución parcial e inestable. Y para el común esto no es sobrellevable: la “verdad” no debiera ser así (no pueden concebirla así), agónica e inacabada, sino como un sereno bloque pulido de mármol.
Hay apuestas provisionales, en dilema, posiciones en frágil equilibrio que en una política lúcida se deberían tomar. Pero si la mayoría no tiene dientes para digerir o atacar estas consideraciones; resta como alternativa competir en el uso de la demagogia reticente y tendenciosa. Ajustarla a alguna mejor tendencia: discurso de ideología o doctrina.
Lo que quisiéramos todos sería, claro, que la demagogia fuese buena: analítica, autocrítica, reflexiva, exhaustiva, radical, lógica, etc. una ciencia, filosofía y pedagogía política. Y, es más, quisiéramos que no fuese necesaria, que ya todos fuésemos “sabios” o aptos para reconocer esa sabiduría. Pero estoy lleno de dudas.
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