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sábado, 20 de febrero de 2021

MÁS ALLÁ DE DEMOCRACIA Y CONSTITUCIONALIDAD

 15 noviembre 2019 

Creo que debo decir, para ser honesto y ver si por ahí inteligente, que hay golpes de Estado que “me gustan” y golpes de Estado que no; y que hay dictaduras que repudio y otras que sólo lamento.

Los golpes de Estado que me gustan son los que suelen terminar llamándose “revolución”. Las dictaduras que lamento, y repudio menos, son las que ponen candados a la reacción ante las revoluciones.

Debería hablar de los supuestos de ese “gusto”, del criterio que decide mi estimación de lo válido, el criterio para llamar a un golpe de Estado “revolución”, según el cual se me pinta justo (en casos especiales) el acto de violencia; honrosa la traición; o lamentable pero no repugnante la restricción democrática. Pues creo que esos criterios profundos (más allá de democracia e institucionalidad) nos esperan como tema de la discusión actual.

Pero antes, sin saber si alcanzaré en esta nota a discriminar el criterio, siento necesario decir algo sobre las nociones de “democracia” y de “institucionalidad”, nociones que crujen bajo esta confesión y los recientes eventos en latinoamérica.

       *     *     *

LA JUGABILIDAD DEL JUEGO DEMOCRÁTICO.

Respecto a "lo democrático" debo decir que no lo advierto como criterio radical de mi “gusto” político.  La democracia es un tablero de juego aún sin fichas y con reglas incompletas (su única regla, hasta aquí, es aritmética). Es insuficiente.

El lío de la Democracia es que no tenemos los mismos intereses pero es preciso compartir al menos un núcleo de coincidencia. No un mero cúmulo; sino convenciones que, a ojos de todas las facciones, funcionen como núcleo. Este núcleo de convenciones, histórico, vivo, flotante, situacional, en transformación, es lo que completa las reglas de juego del tablero democrático, sosteniendo su jugabilidad. Sin ese núcleo de convenciones, sin esas reglas, la democracia aritmética es un sistema opresivo.

La democracia requiere, pues, organizar e instrumentar los intereses, los deseos. Y aquí ocurre que todos creemos saber lo deseable, su meta y su método; juzgando lo distinto como ignorancia, hipocresía, ilusión o ciega ambición. De modo que cada facción resulta pendeja, o inválida, a ojos ajenos.

Un demócrata aceptará que su destino lo decidan los pendejos o, como Sócrates, se matará a solicitud de sus verdugos. Pero la mayoría (democrática mayoría) tendrá resistencias tendientes a vulnerar la democracia y la institucionalidad: se inconformará con que “los ignorantes” decidan el rumbo del Estado, o se inconformará con que los manipulados cumplan, sobre ellos y los demás, la sentencia de “los manipuladores”: querrá liberarlos.

Respecto a la Institucionalidad o constitucionalidad… diré que tampoco la reconozco como criterio profundo de mi  "gusto" político superficial o intuitivo.

...Ni en lo democrático ni en lo constitucional reposa mi gusto (y confió en que comprenden que al decir esto no digo malquerer democracia e institucionalidad).

La validez o legitimidad no es algo que radique en la constitucionalidad, aunque convenga establecer su dogma. Las leyes pueden juzgarse injustas, insuficientes, inconsistentes. Y los mecanismos institucionales para revisar y corregir la institución misma no siempre desahogan las presiones y contradicciones que amenazan la jugabilidad democrática. La Institucionalidad es una regla fundamental del juego democrático, pero también es insuficiente para establecer un núcleo que complete la jugabilidad de su juego. 

La validez institucional flota y se soporta sobre un ámbito previo... que nos espera como tema de discusión.

Se me pasaron los tragos. Terminaré otro día la nota...


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