4 diciembre 2019
Siempre he lamentado la apuesta por el desarrollo de la INDUSTRIA TURÍSTICA, porque la considero apuesta por una economía del “menos mal”, próspera por la mala distribución del PIB mundial.
Podemos pensar que la industria turística es una manera de redistribuir ese PIB, pero me atrevo a pensar que su auge no sólo depende de la INEQUIDAD, sino que incrusta una estructura social y económica que la REPRODUCE.
Resiento mucho la conversión de la experiencia del TERRITORIO; lamento que la INTEGRACIÓN al desarrollo signifique la vivencia del espacio como un FRACCIONAMIENTO de profundas (infranqueables) desigualdades.
Esto es lo que, por ejemplo, lamento de proyectos como el Tren Maya.
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Sin embargo, más allá del HAMBRE que puede o no haber, más allá de la necesidad de servicios BÁSICOS sustentados en la recaudación fiscal nacional; las poblaciones "no integradas" pueden identificar el BIENESTAR con algún ESTILO de vida que implica la integración económica, y que aspiraren a él.
Para satisfacer esta aspiración, para acceder a los bienes que soportan un estilo de vida satisfactorio, hay que INTRODUCIR a la región en el MERCADO: si llegan televisores de China o tractores de EUA a la región, esta debe aportar bienes al mercado nacional o internacional que propicien una DERRAMA económica y dispersen algún PODER ADQUISITIVO.
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Lo que no debiera ser evidente (pero resulta serlo) es que la inserción regional en el mercado suponga invariablemente la ATRACCIÓN DE INVERSIÓN, es decir, que los BIENES DE CAPITAL que conectan a la región con el Mercado (los DERECHOS sobre los bienes de capital) sean EXOGENOS. Es obvio (pero no debiera serlo) que EL MERCADO, a través del TENTÁCULO INVERSIONISTA, se extiende de manera activa sobre una población impotente y PASIVA.
La pregunta por la manera de INCORPORAR una región al mercado se sobreentiende como la pregunta por la manera de volverla ATRACTIVA a la inversión (explotación de recursos, bajos salarios, condonación de impuestos, donación de terrenos, dotación de infraestructura, certeza jurídica, seguridad pública, acceso a un mercado potencial…).
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Ya saben que yo soy “socialistoso” (consumista frustrado e individualista reconocido, pero de ideas con orientaciones socialistas). Y sabrán que, en lugar de transformar a las regiones no integradas en atractivos de inversión, yo preferiría una transición socialista (cultural; nacional y necesariamente internacional). Pero en el horizonte (pienso) esto es impracticable, por muchas partes.
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Y entonces,
o 1) “sacamos” a las poblaciones de los territorios marginales (cosa que la miseria ya hace) y “las traemos” a los paraísos de desigualdad metropolitanos;
o 2) “las dejamos” en una congeladora del desarrollo con el paliativo de los servicios básicos públicos (salud, educación, etc.), promoviendo su convicción de que es mejor vivir allá de ese modo que como se vive en las metrópolis;
o 3) “buscamos” integrar al mercado a algunas regiones (aprovechando sus "atractivos") de manera que irradien a otras regiones periféricas (las cortinas de desarrollo del proyecto obradorista);
o 4) hacemos una revolución socialista donde el “atractivo de inversión” o la “ventaja competitiva” no decidan de manera absoluta el cómo y el dónde de la integración económica;
o 5) acaso hay más opciones.
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Pero no sé qué piensen los habitantes de las rancherías del sureste, y en qué proporción.
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El asunto ecológico… otro tema, otro dilema.
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