26 abril 2019
El derecho a la propiedad privada es, como el lenguaje, asunto de convención social.
Entendemos, por ejemplo, que la relación entre palabras y cosas nombradas es arbitraria y convencional (la palabra "silla" y la silla no guardan semejanza); y que esta relación, aunque convencional, tiene fuertes amarres: de buenas a primeras, no podemos crear un vocabulario y una gramática personal.
Algo parecido ocurre con la propiedad. Es convencional que esta pc sea mi pc y esta casa mi casa (ello depende del reconocimiento y respeto ajeno). Pero no podemos andar el mundo, de manera personal, tomando y repartiendo los bienes (y organizando el trabajo) a placer. Requerimos el reconocimiento o legitimidad social.
Sin convención, lenguaje y propiedad no funcionan.
También podemos comparar la historia de las lenguas con la del derecho de propiedad. Así como la lengua que hablamos es derivación de una lengua estimada muerta; este derecho a la propiedad que hoy suponemos viene variando. Lengua y propiedad, como placas tectónicas, derivan en lento movimiento.
Como con cualquier supuesto o prejuicio, no tenemos ojos para advertir fácilmente el carácter convencional de lo convencional. Lo convencional funciona como la realidad misma, como la roca sobre la cual pasamos siempre a otras cosas.
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No obstante, la convención es arbitraria y social. Y estimo que debemos subrayarlo, más aún en lo referente al derecho de propiedad. Debemos desacralizar o desautomatizar la noción del derecho a la propiedad, difundiendo la noción convencional de la propiedad como tópico para la inteligencia y discusión común, como están establecidas hoy otras nociones (como la de democracia).
Quizá todos tememos perder algo si, enfatizando el carácter arbitrario y social de la propiedad privada, atenuamos su fuerza. Sentimos que esto legitima a una pandilla burocrática para enajenar nuestros pobres bienes, o a desbaratar el establecimiento de Pépe y Toño donde rayamos. Nos amenaza la palabra “socialismo”.
Yo desearía que todos los que convengan en el carácter convencional y social del derecho a la propiedad, pudieran decirse, sin temor ni vergüenza, si no “socialistas”, al menos "convencionalistas".
Esta asunción del carácter convencional de la propiedad sería suficiente, me parece, para poner en libertad el lenguaje de la propiedad hacia una paulatina mejora de la inteligencia común.
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Como tantos, estoy formado en hábitos o aspiraciones consumistas e individualistas; pero en ideas me oriento más al socialismo: un socialismo que para mí supone, no un sistema económico-jurídico-administrativo definido, sino el llano reconocimiento del carácter social del trabajo y la riqueza, de derechos económicos (de inclusión) que no pueden ser menos básicos que el de propiedad, y una base de discusión sobre los límites, abusos, responsabilidad y justificación sociales de la propiedad capitalista.
Yo no sé si una gruesa administración o regulación estatal puede superar la ineficiencia del mercado. Lo dudo y no lo sé. Tampoco sé si el sistema capitalista puede ser domesticado o "moralizado". Lo dudo y no lo sé. Y pienso.
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