3 de junio 2020
Hace unos días, conversando con mi amigo Oscar, pensaba sobre los vínculos entre una narrativa histórica (su derivación en proyecto histórico) y el "sentido de seriedad" de la vida (cierta responsabilidad ética).
Lo mencioné porque ambos consideramos que hay elementos del discurso público Obradorista que, aun con sus claroscuros, son una ganancia importante en este proceso. Ganancias o aportes no definitivos, sino en riesgo de ser desechados por argumentaciones del tipo “la administración falla, luego su discurso público es desechable”.
Creo que una de estas propuestas curables es “la recuperación de la dimensión ética en la vida política” vinculada muy estrechamente (me parece) a la recuperación de una narrativa histórica.
Es ingenuo.
Es ingenuo hacer caber la ética en la política. Pero sólo si descontamos la posibilidad de un “sentido de seriedad” de la vida; sentido de seriedad difícil si se carece de una narrativa y proyecto históricos (pues la Historia es la deidad pública que nos queda -o una de pocas). Creo que esto pienso.
¿Qué narrativa, qué función, qué proyecto? Son preguntas que prometen mucha discusión.
Nota: Supongo que la narrativa histórica no es el único modo de sustentar un proyecto común, y una seriedad vital y responsabilidad ética. No lo descuento. Este recurso histórico o narrativo, que estimo legítimo, tiene sus problemas. Pero también tiene algunas ventajas respecto a otros recursos igualmente legítimos (como la religión o la cultura crítica-científica).
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